3.8.11

El Elefante y otros animales


Allá en tiempo de entonces,
y en tierras muy remotas,
cuando hablaban los brutos
su cierta jerigonza,
notó el sabio elefante
que entre ellos era moda
incurrir en abusos
dignos de gran reforma.

Afeárselos quiere,
y a este fin los convoca.

Hace una reverencia a todos con la trompa,
y empieza a persuadirlos
en una arenga docta
que para aquel intento estudió de memoria.

Abominando estuvo
por más de un cuarto de hora
mil ridículas faltas,
mil costumbres viciosas:
la nociva pereza,
la afectada bambolla,
la arrogante ignorancia,
la envidia maliciosa.

Gustosos en extremo,
y abriendo tanta boca,
sus consejos oían muchos de aquella tropa,
el cordero inocente,
la siempre fiel paloma
el leal perdiguero,
la abeja artificiosa,
el caballo obediente,
la hormiga afanadora,
el hábil jilguerillo,
la simple mariposa.

Pero del auditorio otra porción no corta,
ofendida,
no pudo sufrir tanta parola.

El tigre,
el rapaz lobo,
contra el censor se enojan.
¡Qué de injurias vomita la sierpe venenosa!
Murmuran por lo bajo,
zumbando en voces roncas,
el zángano,
la avispa,
el tábano y la mosca.

Sálense del concurso por no escuchar sus glorias,
el cigarrón dañino
la oruga y la langosta.
La garduña se encoge,
disimula la zorra,
y el insolente mono hace de todos mofa.
Estaba el elefante viéndolo con pachorra,
y su razonamiento concluyó en esta forma:
«A todos y a ninguno mis advertencias tocan:
quien las siente, se culpa:
el que no, que las oiga.»

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