10.7.11

Fantasmín

Fantasmín está muy triste 
porque no puede asustar:
tiene cara de payaso 
y mirada angelical
La otra noche un pequeñito 
en el cuarto lo encontró
¡Se cayó el niño de espaldas,
tanta risa que le dio!


8.7.11

En el cielo, mas que estrellas




Lara y Nacho jugaban en el jardín de la casa, era una tarde de primavera muy linda pero con muchas nubes. Acostados en el pasto, buscaban formas en ellas.


-¡Es un juego muy divertido, nunca imaginé que en las nubes podían encontrarse tantas formas- Dijo Lara entusiasmada - y Nacho, concentrado en la búsqueda le respondió:


- ¡Una vaca! y ahí un gato! ¿los ves? ¿los ves Larita?


-¡Si Nacho! los veo! -.


De pronto una gran nube pasó sobre ellos, era tan grande que casi ensombreció todo el jardín.


- ¿A que se parece?.... yo tengo vista esa forma.- Dijo preocupado Nacho


¡Ya sé! ya sé! es igual al auto rojo que perdí el otro día. ¿Pero como llegó al cielo?


- Lara con cara de resolver el misterio, dijo:


-Pasó un pajarito volando y se lo llevó para jugar, después lo llamó su mamá a tomar la leche y lo dejó sobre una nube y, al pasar el hada de las estrellas, viendo que el auto estaba solito, lo guardó para que no se pierda.


Nacho, mientras observaba la gran nube auto, pensó que ésa, era la única explicación que podía existir, igual algunas dudas flotaban en su cabecita, pero seguramente Lara tendría una respuesta, y volvió a preguntar.


-¿Y en donde lo guardó?


- Dentro de una nube, junto con las estrellas, donde más. - contestó Lara.


- Ha, ¿el hada junta todas las estrellas y las guarda en una nube? - dijo Nacho sorprendido, claro, nunca se le había ocurrido pensar en donde estaban las estrellas cuando se hace de día, pero Lara, se ve que había estudiado el problema y estaba bien informada y también le contestó.


- ¡Por supuesto! no las va a dejar sueltas por ahí para que se mezcle el día y la noche! imaginate que se armaría un lío bárbaro! algunos se irían a dormir y otros a trabajar, no sabríamos si cenar o almorzar. Sería un desastre universal.


- No sí, claro claro. - Nacho afirmó la respuesta de Lara.


- Pero, al final, este hadita, ¿me va a devolver el auto?


Lara, con las manitos debajo de su cabeza y siempre mirando al cielo, también le contestó:


- Ah! eso sí que no podría asegurarlo, vos lo dejaste tirado por ahí, podría no devolverlo nunca más!.... aunque si un adulto se lo pide... por ejemplo tu papá. es posible que sí, al fin de cuentas es un hada y las hadas son buenas.


- Claro, claro, - Nacho se quedó pensando en que nunca más volvería a ver a su auto rojo. Y mirando a Lara le preguntó si no quería tomar la leche con él en su casa, su mamá le había comprado unas ricas galletitas para compartir con ella. Lara le dijo que sí , se levantaron del pasto, y juntos caminaron hacia la cocina.


Mientras tomaban la leche, un sonido a llaves llamó la atención de los chicos, era el papá de Nacho que llegaba del trabajo, los chicos corrieron a saludarlo.


- Hola chicos! ¿Saben que encontré en el hall de la casa?


- ¿Qué? - preguntaron impacientes


Y sin decir nada sacó de su bolsillo un autito rojo.


Los dos abrieron los ojos muy grandes, tan grandes como pudieron y asombrados, tomaron el autito y salieron corriendo hacia el jardín, miraron al cielo y ya no quedaba ninguna nube. El cielo, celeste, los invadía.


Lara y Nacho emocionados y felices gritaron - ¡Gracias hada de las estrellas! y con una sonrisa entraron a la casa.


Fuente "La luna naranja"
Texto: Silvina Troicovich
Ilustración: Jazmín Varela

El príncipe y el juguetero

Había una vez un pequeño príncipe acostumbrado a tener cuanto quería. Tan caprichoso era que no permitía que nadie tuviera un juguete si no lo tenía él primero. Así que cualquier niño que quisiera un juguete nuevo en aquel país, tenía que comprarlo dos veces, para poder entregarle uno al príncipe.
Cierto día llegó a aquel país un misterioso juguetero, capaz de inventar los más maravillosos juguetes. Tanto le gustaron al príncipe sus creaciones, que le invitó a pasar todo un año en el castillo, prometiéndole grandes riquezas a su marcha, si a cambio creaba un juguete nuevo para él cada día. El juguetero sólo puso una condición:
Mis juguetes son especiales, y necesitan que su dueño juegue con ellos - dijo - ¿Podrás dedicar un ratito al día a cada uno?
¡Claro que sí! - respondió impaciente el pequeño príncipe- Lo haré encantado.
Y desde aquel momento el príncipe recibió todas las mañanas un nuevo juguete. Cada día parecía que no podría haber un juguete mejor, y cada día el juguetero entregaba uno que superaba todos los anteriores. El príncipe parecía feliz.
Pero la colección de juguetes iba creciendo, y al cabo de unas semanas, eran demasiados como para poder jugar con todos ellos cada día. Así que un día el príncipe apartó algunos juguetes, pensando que el juguetero no se daría cuenta. Sin embargo, cuando al llegar la noche el niño se disponía a acostarse, los juguetes apartados formaron una fila frente él y uno a uno exigieron su ratito diario de juego. Hasta bien pasada la medianoche, atendidos todos sus juguetes, no pudo el pequeño príncipe irse a dormir.
Al día siguiente, cansado por el esfuerzo, el príncipe durmió hasta muy tarde, pero en las pocas horas que le quedaban al día tuvo que descubrir un nuevo juguete y jugar un ratito con todos los demás. Nuevamente acabó tardísimo, y tan cansado que apenas podía dejar de bostezar.
Desde entonces cada día era aún un poquito peor que el anterior. El mismo tiempo, pero un juguete más. Agotado y adormilado, el príncipe apenas podía disfrutar del juego. Y además, los juguetes estaban cada vez más enfadados y furiosos, pues el ratito que dedicaba a cada uno empezaba a ser ridículo.
En unas semanas ya no tenía tiempo más que para ir de juguete en juguete, comiendo mientras jugaba, hablando mientras jugaba, bañándose mientras jugaba, durmiendo mientras jugaba, cambiando constantemente de juego y juguete, como en una horrible pesadilla. Hasta que desde su ventana pudo ver un par de niños que pasaban el tiempo junto al palacio, entretenidos con una piedra.
Hummm, ¡tengo una idea! - se dijo, y los mandó llamar. Estos se presentaron resignados, preguntándose si les obligaría a entregar su piedra, como tantas veces les había tocado hacer con sus otros juguetes.
Pero no quería la piedra. Sorprendentemente, el príncipe sólo quería que jugaran con él y compartieran sus juguetes. Y al terminar, además, les dejó llevarse aquellos que más les habían gustado.
Aquella idea funcionó. El príncipe pudo divertirse de nuevo teniendo menos juguetes de los que ocuparse y, lo que era aún mejor, nuevos amigos con los que divertirse. Así que desde entonces hizo lo mismo cada día, invitando a más niños al palacio y repartiendo con ellos sus juguetes
Y para cuando el juguetero tuvo que marchar, sus maravillosos 365 juguetes estaban repartidos por todas partes, y el palacio se había convertido en el mayor salón de juegos del reino. 
Autor.. Pedro Pablo Sacristan

El bebé de los Paponatas

Los paponatas son unos pequeños seres de colores con forma de patata. Además de ser divertidos y simpáticos, los paponatas tienen una característica muy especial: cada vez que nace un bebé paponata, sea del color que sea, a sus papás les crece un nuevo brazo del mismo color que el bebé. Ese es el brazo especial del bebé, que sus papás dedican exclusivamente a cuidar de ese hijo.
Pero un día un bebé paponata de color azul nació sin que a sus padres les creciera ningún brazo azul ¡Menudo problema! ¿Cómo podrían cuidarlo, si sus papás sólo tenían el brazo verde de su hermano mayor y el brazo rosa de su otra hermana? Lo primero que intentaron aquellos papás tan preocupados fue ponerse un brazo de mentira, pero no servía para nada, y el bebé no hacía otra cosa que llorar. Luego pidieron ayuda a otros papás paponatas, pero todos tenían todos sus brazos muy ocupados con sus propios niños, y nadie pudo hacer nada.
Los papás del pequeño paponatito azul ya no sabían qué hacer, y se morían de pena al ver que su bebé moriría por no poder cuidar de él.
Pero entonces, sucedió algo que no había ocurrido jamás. El hermanito verde y la hermanita rosa fueron a ver a sus papás y se ofrecieron ¡a compartir sus brazos especiales! Los papás no podían creer que tuvieran unos hijos tan generosos y estupendos que estaban dispuestos a compartir sus brazos, a pesar de saber que si los dejaban para cuidar a su hermanito, muchas veces no podrían usarlos con ellos mismos por estar ocupados con el bebé. Papá y mamá paponata se llenaron de alegría y felicidad por poder cuidar al bebé, y desde aquel día quisieron todavía muchísimo más a sus generosísimos hijos mayores.
Y tanto los quisieron, y tan generosos habían sido aquellos pequeños paponatas verde y rosa, que al poco tiempo también a ellos les creció un alucinante brazo multicolor, con el que pudieron ayudar a sus papás a cuidar del bebé siempre que quisieron.

Autor.. Pedro Pablo Sacristan

Los grandes dones

En cierta ocasión un grupo de niños de un colegio estaba de excursión. Prácticamente todos jugaban a la pelota, menos Moncho, al que veían como un chico tontorrón que no servía para otra cosa que para reírse de él. Y es que no le gustaban ni las peleas, ni los deportes, ni nada de nada, ¡ni siquiera se defendía cuando le pegaban!. Era tan raro, que ni siquiera aquel día jugaba al fútbol como los demás. Y la única vez que dio al balón, lo hizo tan mal que acabó en una pequeña cueva. Cuando entraron por la pelota, en su interior descubrieron un cofre con un enorme libro del que salía un brillo especial. Corrieron a llevárselo a la maestra, quien lo encontró fascinante, y acordaron leerlo en clase a lo largo de los días siguientes.
El libro se titulaba "los grandes dones", y contaba maravillosas historias y cuentos acerca de grandes inventores, maravillosos artistas, sabios escritores y aventureros y buscadores de tesoros. Con cada historia, los niños abrían aún más los ojos, y quedaban encantados con aquellos personajes con dones tan especiales.
Hasta que llegaron a la última página del libro, la que contaba el origen de aquellos grandes personajes. La maestra leyó:
"Existe un lugar en el cielo llamado la fuente de los corazones, donde antes de nacer a cada corazón se le asignan sus muchos dones. Más o menos un poquito de cada cosa, para conseguir personas normales. Pero de vez en cuando, algo sale mal, y algunos corazones llegan al final mucho más vacíos. En esos casos, se rellenan con un último don que convierte esa persona en excepcional. Pueden faltarle muchas otras cualidades; en muchas cosas será distinto del resto y le verán como un niño raro, pero cuando llegue a descubrir su don especial, sus obras pasarán a formar parte de estos libros y cuentos."
Cuando cerró el libro se hizo un largo silencio en clase. Mientras todos pensaban en sus propios dones, Moncho salió con una de sus rarezas:
- ¿Y si te hacen un transplante y te ponen el corazón de un cerdo, tendrás cualidades de cerdo?­ - preguntó todo serio.
Todos sintieron unas enormes ganas de reír, pero entonces, al mirar a Moncho, comprendieron que era él precisamente uno de aquellos casos tan especiales. Y sintieron pena por cada una de las veces que se habían reído de su torpeza y sus cosas raras. Desde aquel día, nunca más trataron de burlarse de Moncho, y entre todos trataban de ayudarle a descubrir su don especial, que resultó ser un talento artístico increíble que le convirtió en el pintor más famoso de su tiempo.

Autor.. Pedro Pablo Sacristan

2.7.11

El Jardín de los sueños/ 10/60

El Jardín de los sueños/ 9/60

El Jardín de los sueños/ 8/60

El Jardín de los sueños/ 7/60

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