3.8.11

La anciana del 4ºB



A pesar de que casi nunca se dejaba ver, todos los niños del edificio le tenían un miedo atroz a la anciana del cuarto B. No hablaba con nadie, apenas salía de casa y decían los más mayores del lugar que tenía tantos años como aquel viejo edificio, o quizá más. Siempre había estado ahí, con su cara llena de arrugas, sus ojos achinados enmarcados en unas gruesas gafas redondas, y un enorme y plateado moño que llevaba en lo alto de su pequeña cabeza. ¿Quién era aquella anciana silenciosa?

Los niños del edificio pensaban que debía ser una bruja:

- Pero si es una bruja, ¿cómo es que no tiene gatos? – dudaban algunos.
- Es verdad, todas las brujas de mis cuentos tienen gatos negros y narices afiladas…
- Pero eso son tonterías de los cuentos…seguro que en la vida real las brujas pueden tener muy diversos aspectos…

La única mujer que se relacionaba con la anciana del cuarto B era la Cuca, una soltera cincuentona que una vez a la semana entraba a la casa a hacer la limpieza y cocinar para la anciana lo que comería el resto de la semana.

- ¿No te da miedo entrar en su casa, Cuca? Mira que si es una bruja…
- ¡Qué bobadas decís! No es más que una tranquila abuelita sentada en su sillón que teje y teje sin parar.
- ¿Teje sin parar? Eso es muy extraño, Cuca, ¿y para quién teje?
- Pues dice que para sus nietos.
- Para sus nietos, ¿qué nietos? Si nadie viene a visitarla nunca…

A los niños aquellos de los nietos le sonaba a chamusquina: ¿no sería que tenía encerrados a muchos niños y tejía ropa para ellos? Pero aquello tampoco tenía mucho sentido…

Un día la Cuca se encontró a la anciana del cuarto B muy enferma. Llamaron al médico, que afirmó que tendría que estar en cama al menos dos semanas y que debía estar vigilada para ver si empeoraba. Pronto se levantó un gran revuelo en el edificio:

- ¿Y ahora qué hacemos?
- ¿Quién se encargará de ella? Mira que yo no tengo tiempo…
- Pues que se encargue su familia…
- Pero si no tiene…

Uno a uno, todos los vecinos fueron poniendo excusas para no atender, ni siquiera un rato, a la anciana del cuarto B. Finalmente la Cuca, visiblemente enfadada, se ofreció a quedarse en su casa el tiempo que necesitara hasta que se pusiera de nuevo bien. Pero eso sí, con una condición.

- Que todas las tardes los niños del edificio suban a merendar al cuarto B. Yo les prepararé la comida y así harán compañía a la vieja.

A los niños aquella idea les pareció terrible: entrar en casa de aquella bruja que encerraba niños. ¡Qué miedo! Pero la Cuca se puso tan seria que a los padres no les quedó otro remedio que aceptar el trato.

Aquella tarde acudieron todos muy asustados al cuarto B. Pero la casa no era tal y como la habían imaginado. Estaba limpia y muy ordenada, a pesar de estar llenísima de cosas. La Cuca les hizo pasar a la habitación. La anciana estaba despierta y cuando les vio entrar su cara se iluminó con una sonrisa. Era la primera vez que la veían sonreír.

- Pero pasad, no os quedéis en la puerta – afirmó con una voz débil. - Me ha dicho la Cuca que vendréis a visitarme cada día. ¡Qué amables!

Los niños fueron entrando con timidez, y sentándose en la sillas que la Cuca había preparado para ellos. De repente, ya no tenían miedo. La anciana del cuarto B les dijo que se llamaba Jacinta, pero que cuando era joven, sus amigos habían empezado a llamarla Cinta, y Cinta se había quedado. Les contó que tenía muchos nietos, pero que nunca la visitaban, y que ella les echaba de menos.

Estuvieron hablando así toda la tarde, un día y otro día, hasta que la anciana se puso buena y ya no hizo falta que la cuidara la Cuca. Pero aunque el trato ya se había cumplido, los niños del edificio siguieron acudiendo a visitar a Cinta algunas tardes. Le daban conversación mientras ella tejía y tejía.

Y fue así como el siguiente invierno, todos los niños del edificio, lucieron las bufandas más coloridas y calentitas de todo el barrio

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