Recuerdo aquellos años maravillosos cuando mis padres aún estaban casados, siempre me resultó arrolladoramente atractiva la imagen de una familia feliz; y quería mantener esa sensación el mayor tiempo posible.
Esto solo hizo que el eslabón más débil de mi familia cediera e intentara mantenernos como yo quería, aún a costa de su felicidad. La mami se mantuvo estoica, hasta que una mañana me dijo directamente cuando intente una vez más decirle que quería mi familia unida.
— Pero no la tienes, Verónica; y no sucederá, ustedes con su padre; y ustedes conmigo, pero no quieras que simule por más tiempo lo que desde hace años conoces.
— Mami, pero yo lo quiero
— Pero no se puede, niña, la única familia que tendrás unida será la que formes tú, si es tu deseo
— Prometiste que siempre nos cuidarías.... ella solo me dio un abrazo cálido y prolongado que se ha extendido a lo largo de estos diez o doce años.
Ahora, a mis veintisiete años me doy cuenta de lo egoísta que somos a veces los hijos; y de lo mucho que cubre alguno de los padres los fallos del otro (o ambos). Me doy cuenta, que los hijos somos un lazo de amor; y no necesariamente de unión.
Este relato participa en la dinámica de Merche